JUEVES SANTO

En la tarde de Jueves Santo del año 2018 la Cofradía de Nuestro Padre Jesús de la Agonía y Nuestra Señora del Rosario en sus Misterios Dolorosos o del Silencio, realizó su 75 salida procesional. Con tal motivo, cuando las Imágenes Titulares y todos los hermanos de la Cofradía ya estaban fuera de la Iglesia, se leyó el siguiente texto lleno de añoranzas, recuerdos y esperanza:


«CARTA DE AMOR A LA COFRADÍA DEL SILENCIO»

En el principio de los tiempos, antes que el látigo de los ruidos, de las voces y de los gritos, estaban el vacío, la nada, el silencio.

SILENCIO, delgada pero impresionante palabra surcada en el aire por el lápiz de la memoria de Dios, que tomaron para sí aquellas juventudes paulinas de la Acción Católica de San Pablo poniendo nombre y sentido a una cofradía por estrenar en la Semana Santa de 1944. Setenta y cinco años de gracia en un largo y venturoso caminar. Setenta y cinco velas por apagar.

Hermanos y hermanas de la Cofradía de Jesús de la Agonía y de la Virgen en sus misterios de dolor, rosariera y madre; representantes de hermandades y cofradías, penitentes, creyentes, oyentes y amigos. Quisiera también que este mensaje llegara a los que todos los años vemos en las mismas esquinas, en los mismos balcones, en las mismas calles a la misma hora, viéndonos pasar. Y a los niños que disfrutan de la mano de los padres o los abuelos. Va por todos.

Estamos aquí en el atardecer de Jueves Santo celebrando un aniversario con el recuerdo de nuestras vidas incipientes, la aspereza del esparto, la tiniebla iluminada por las carrozas, la alegría y el amor. Y cómo no, con la muerte que es la verdad encarnada en Cristo Crucificado. 

En Zaragoza se ha hecho el silencio al salir la procesión penitencial por las calles hondas y rezadoras, partiendo de San Pablo, en cuya torre de excursiones verticales hasta su campanario no tabletea ni ronca desde décadas la matraca que sustituía en el Viernes Santo a las campanas, quebrada por los soles y las lluvias. Silente salida del templo hacia el Pilar y La Seo, y vuelta, marcando la hondura de las tradiciones de una iglesia y un barrio singulares.

Y hemos vuelto a soñar al callar los repiques, las gentes y el río. Ya solo habla Jesús en la agonía con el grito celestial de su mirada. Ahí lo tenemos, frente a su Madre, como siempre: con sus brazos desnudos acogiendo a un mundo de sombras. Con el dolor de su herida sangrante que conmueve las almas. Con sus ojos cegados de espinas en su rostro sereno. Y, con todo, con el perdón.

Regresar a  la infancia y a la adolescencia es la manera más sencilla y querida de llegar a la Semana Santa. Se sienten sensaciones por inaugurar, ojos que se abren al mundo, zapatos nuevos en los pies … Y esos infantiles años vuelven en imágenes fugaces, en lo que todo era bueno -o nos los parecía-; así, el colegio escolapio, la merienda de pan con chocolate, los juegos del gua, el marro, el tú la llevas, la película del Monumental los domingos, el real de propina para toda la semana, la familia, los amigos que por ser los primeros serían los mejores.

En aquel ambiente crecimos mientras los mayores ideaban proyectos e ilusiones. El invierno de 1943 había comenzado frío y oscuro. En todas las casas había un cabo de vela, pues la luz eléctrica igual iba que se venía; el pan blanco escaseaba; rechinaban los raíles de los tranvías y los estómagos; los garbanzos estaban racionados; vestíamos pantalón corto heredado de algún hermano mayor; la radio -de la que algo sabría con los años- era parte de la vida familiar; el brasero aliviaba el frío pero alimentaba los sabañones. ¡Ay, recuerdos veloces de la infancia…!  Con todo éramos felices  y al entrar en San Pablo se nos abrían los sentidos. Al bajar los trece escalones, sentíamos el crujir del suelo entarimado y el sonido del órgano, el olor a cera; lo primero a la vista, la capilla de nuestro Cristo y luego el retablo mayor lleno de epístolas y figuras de la Pasión. Dentro y fuera, en estas fechas los niños contemplábamos el montaje del Monumento en la nave del Pópulo al igual que el trajín de sillas en los porches del mercado. En aquellos lugares de la parroquia del Gancho echamos nuestras primeras raíces, en un alma que admiraba a sus gentes.

Volvamos a aquel invierno y disculpad mis divagaciones, rodeos o razonamientos, motivados por el ejercicio de memoria que estoy haciendo pleno de ternura.

Comenzó el año 1944 según el calendario gregoriano, y el segundo día, domingo y festividad de la llegada de la Virgen, se constituía oficialmente la Cofradía del Silencio. El Jueves Santo de la siguiente Semana Santa hacía su primera salida procesional que hoy  conmemoramos  y que viene a ser idéntica todos los años. ¡Y son 75!  Hasta entonces, en San Pablo otra hermandad penitencial formada por mujeres, las Esclavas de la Virgen de los Dolores cubrían los cultos cuaresmales. Y siguen, felizmente, con arraigo, con devoción, con sentimiento ¡Salve!

Desde que la idea de los hermanos fundadores prendiese, se trabajó a toda prisa. En unos tres meses, título, imagen, reglamento, actos, hábito, símbolos, etc., se resolvieron con urgencia. Y los fines principales como eran “fomentar la devoción a Cristo en su Agonía, procurando  que ningún feligrés de la parroquia  muera  sin recibir auxilio espiritual, además de ofrecer socorro a las familias necesitadas”. Fue, con otras instituciones católicas, precursora de Cáritas. Importante ha venido siendo el apoyo a la Parroquia y a su Iglesia. Todos los acontecimientos los viven los cofrades como propios de una manera callada, sin protagonismo, sean actividades habituales o solemnes. La Cofradía mantiene en muchos aspectos las tradiciones moldeadas con el presente.

Hace unos días, sin ir más lejos, se ha vuelto a escuchar en las naves góticas de San Pablo, el Miserere de Goicoechea que durante muchos años se había silenciado. Hace unos días sonó magnífico en San Pablo cantado por nuestra Coral. En el mismo sitio, el mismo día, a la misma hora, aunque con distintas voces, ha sonado la excelente pieza musical que durante muchos años se había silenciado. Han pasado 75 años, y desde aquel primer Miserere nuestra historia ha continuado con idéntico espíritu al de los fundadores cuya iniciativa ha quedado sólida, sabia, ojalá eterna. Todavía uno recuerda los rostros y algunas voces de aquellos jóvenes soñadores, señalados en la Cruz In Memoriam.

Queremos destacar la incorporación de mujeres como hermanas de número, que han aportado un decisivo impulso a la Cofradía, llegando a ocupar puestos de alta responsabilidad, la sección infantil, el incremento de trompetas heráldicas, la renovación de la capilla,  la puesta a punto de las carrozas, las constantes actividades sociales y religiosas y, ante todo, el conservar la memoria fiel de cuantos hicieron posible el elocuente silencio de Zaragoza al pasar la Cofradía. Mutismo y sigilo que resuenan con estruendo en algunos corazones y en muchos sentires.

¿Qué deciros a vosotros, cofrades aquí presentes, que hermoseáis los pasos y las Imágenes, que lleváis con orgullo penitente el negro hábito ceñido ásperamente, que portáis las hachas iluminadas, las cuerdas que os unen, las trompetas que rompen el silencio para que se haga, que eleváis los símbolos  y aromáis las calles con los pebeteros? ¿Qué deciros? Simplemente que continuéis con el ejemplo de vuestros predecesores. Y que cuando alguna vez flaqueéis en vuestras convicciones y tengáis dudas -yo las tengo-, acudáis ante el Cristo de la Agonía en San Pablo y contarle con palabras nuestras, la invocación que mi amigo poeta me enseño para siempre. Escuchad:

“Sigo aquí rezando, Señor, oraciones que aprendí, pero al preguntar por Tí, sigo dudando. Señor, por entre las dudas ando, entre preguntas desnudas, esperando que Tú acudas a despejarme neblinas. Yo te arranco las espinas, arráncame Tú las dudas”. Y más aún, pensando que a nosotros católicos nos convendría ser más cristianos, se arranca así: “Lo miro en la cruz clavado, abandonado de Dios, y un ruego ¡perdónanos! se hace culpa en mi costado.  Lo negué. Y Él me ha salvado de llenarme de vacíos. Por eso, al sentirle fríos manos y pies tan esclavos, ya sé que en esos tres clavos, algunos golpes… son míos”.

Porque cada día tiene su aurora, tiene igualmente su anochecer, y la penumbra invita a la reflexión. Vivimos en un mundo que pone a prueba nuestra fe. La Semana Santa ha pasado a ser de un objeto de culto íntimo a un objeto de culto espectáculo, con excepciones. De ser pasión y perdón de Dios, a unas representaciones que poco tienen que ver con el espíritu y recogimiento de estos días. Con la prosperidad y el bienestar, las tecnologías y los ruidos mediáticos, la sociedad ha creído alcanzar la felicidad y se permite el lujo de olvidarse de Dios. Vienen de lejos los intentos de que nos olvidemos y no cesan los puñados de silencio con el propósito de que los recuerdos y todo lo demás, se desvanezca. Luchemos cada vez con más fe, mayor devoción, mejor ánimo. Y eso os toca a todos, porque de otra manera podríais conocer los más jóvenes un Ebro sin agua, un Pilar sin oraciones, una Zaragoza sin cierzo. Hemos salido a la calle para dar testimonio de nuestra fe, y que muchos la confunden con una costumbre, un hecho cultural o simple folclore. Mañana, día de Viernes Santo, cuando de nuevo salgamos a las calles mostrando a Dios, hagamos con nuestro silencio las palabras limpias ante tanta justicia pendiente.

Noche fraterna y primaveral de Jueves Santo. Buen momento para hacer súplicas y pedir perdones desde este balcón nazareno. Cristo Jesús, ante Tu Madre blanca, pura y bella, en un paso que no tiene espalda porque no es un paso sino un aura, te pedimos:

Perdona el pecado del mundo. De ese mundo que siglo tras siglo repite a cada segundo tu Pasión. Te vende por treinta papeles de banco. Te juzga en palacios de mármol. Te arrastra por calles de asfalto. Te condena con palabras que son blasfemias modernas. De ese mundo que golpea los clavos del odio, de la ambición y de la guerra, y con bombas crueles rompen el silencio de la paz, donde las familias se desunen y no hay amor de hermano porque arrastra mucho más el ego y la ambición. Cristo de la Agonía, perdona nuestros pecados. Y da tu aliento a los cofrades del Silencio para que no nos cieguen los resplandores de un mundo injusto. Lánzanos con mayor fuerza la canción de tu amor para que nuestras almas no se olviden de Tu muerte en la Cruz. Por todo ello, y por mucho mas, protégenos. Te lo pedimos a cielo abierto como lo hacemos en tu capilla, que nos sirve perpetuamente de fugaz retiro espiritual. ¡Más que pedir que nos protejas, te pedimos que nos sigas protegiendo!

Hermanos del Silencio, celebrad este 75 aniversario. Disfrutad de los actos que se vienen sucediendo preparando el rumbo hacia el centenario. Quienes lleguéis a esos cien años, recordar este momento en el que intentamos fundir sentimientos y afectos sensibles a la Parroquia de San Pablo y al Silencio, en la ciudad de Zaragoza. Con las futuras incorporaciones tenéis la misión de ser continuadores de los valores de la Cofradía, reflejados en la alegoría que llevamos sobre el pecho: la cruz (lo más grande), la corona de erizadas espinas con la espada del Apóstol y el Gancho, símbolo de un barrio que fue labrador. Y seguir adelante, sin olvidar el aura de la Virgen blanca como la nieve y el Cristo inmenso con sus pies sobre la sangre de unos rojos claveles. Esos pies que de niños besábamos aupados por manos adultas o poniéndonos de puntillas.

Celebramos gozosos los primeros 75 años de la Cofradía poniendo nuestra devoción en las imágenes de Cristo agonizante que sabemos que su deber es morir porque así nos salvará, y la de su Madre blanca como la luna y que siempre tiene la mirada como las estrellas. Qué gran momento éste en el día de la fraternidad contemplándolos tan cerca. A Tí, Virgen Blanca, Señora, Madre, un deseo: Hoy que está en quiebra el concepto de siempre de madre que te confió tu Hijo, sencillamente te digo: Madre, primer retrato, último llanto y beso universal, que no falte tu silueta sobre los ojos cuando Dios nos llame y en nuestros labios vuelvan por un instante la pureza y la súplica. No lo pido solo por nosotros, también por lo que lloran sin remedio y se afligen por el jardín estando secas las flores. Y también por todos nuestros hermanos que en el mundo son 7.500 millones. Muchos no saben que tu casa no está arriba, sino  en lo íntimo del corazón que tanto ama. Aquí, en la proximidad, tenemos tu representación en San Pablo donde vives a la derecha de tu Hijo Crucificado, donde esperas en permanente primavera a pesar de tu dolor.

Al acercarme al final de esta disertación echaréis en falta el que no he nombrado a uno solo de los cofrades que, con sus hechos y sus silencios, hicieron caminar la Cofradía, ni de los que continuaron. No es por falta de memoria, humildemente permanecen en el libro de la historia íntima del Silencio. Rememorando un himno pilarista, agrupamos los nombres, hacemos un pilar con ellos y los llamamos “Cofradía de Jesús de la Agonía y de la Virgen Blanca, o del Silencio”. ¡Gloria para todos! El mejor homenaje es nuestro recuerdo, seguir su ejemplo, y el hacer oración los versos que cumplen los mismos 75 años que celebramos y que algunos aprendimos para no olvidar nunca: “Silencio, la pena es tanta para estos ojos humanos, que el luto de los Hermanos, enmudece mi garganta. El gran pecado me espanta en las tinieblas del día; y al pasar la Cofradía, viendo que ya se me muere, yo le digo: ¡Miserere! al Cristo de la Agonía.

Hace unos minutos se han abierto de par en par las puertas del templo, para que los pasos de Jesús y María ascendieran la pendiente hasta alcanzar la cima de asfalto y cemento, recibidos por la banda sonora de las trompetas y un silencio más que emocionado de todos vosotros. Estos instantes se vienen repitiendo desde hace 75 años con el Cristo y diez menos con la Virgen. Y siempre, entre luces y sombras en este atardecer  de Jueves Santo -también lo hace mañana- que hacen vibrar los corazones.

Me alegro de haber mostrado tantas emociones, más con palabras que con silencios. Ahora, al ponerse en marcha este vía crucis de añoranzas, de oraciones y de suspiros desde la Parroquia Alta, seguiremos con la mirada en Jesús Crucificado, en un manto blanco virginal, unos negros perfiles, un callado gentío en impresionante silencio, mientras respiramos el secreto aroma de Jueves Santo y el aire diferenciado de la procesión de la Cofradía del Silencio.

Y es a partir de este momento cuando tomamos rumbo hacia los cien años. Quienes lleguéis al centenario de la Cofradía, recordar este momento en el que hemos intentado fundir sentimientos y devociones, sensibles en el amor a la Parroquia de San Pablo y a nuestra Cofradía, en la ciudad de Zaragoza.

Finalmente, dejad que este levantador de recuerdos, palabras y silencios, diga que con este pregonar ha querido anunciar al día, a la luz, a la vida. También a la muerte, que es la Verdad, lo inevitablemente auténtico. Y al amor.

Hacia los cien años!

¡Felicidades, paz y bien!.

Jueves Santo 2018
Luis García Camañes
Hno. de Honor del Silencio

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